Lecciones de introducción al psicoanálisis: IV parte

Parrafos seleccionados de Masotta, O.: “Lecciones de introducción al psicoanálisis” Ed. Gedisa, Barcelona, 2006. 

IV. El sueño y la realización del deseo. El deseo es articulación. El tercero deseante y la “pareja” de la histérica. Dora, Isabel de R.

El significante define el límite del campo mismo del psicoanálisis como practica. Aquí quien habla no emite lo que dice: quien habla es el inconsciente. En el lapsus el sujeto recibe un mensaje que proviene de otro lugar (o del lugar del Otro); esas fallas del lenguaje constituyen en primer lugar para el psicoanalista las huellas de una pista que no hay que perder, la del deseo inconsciente.

O bien el deseo se realiza en la vida despierta a traves de las fallas de la palabra, o bien se realiza en la pantalla del sueño, para permitir que el sujeto duerma. Se lo ve, debe haber algo doloroso en el deseo, inabordable para la conciencia despierta. El deseo no es la panacea de la conciencia.

Los sueños realizan un deseo, pero son engañosos si quisiéramos aprender de ellos la estructura misma del deseo en cuestión. El deseo parece definirse en ellos por su objeto; lo que no ha sido alcanzado en lo real aparecerá conseguido en la pantalla alucinada del sueño. Que el sueño es una realización del deseo significaría que la privación real aparece en positivo o tal cual en el sueño. Ahora bien, hay que ponerse por lo menos de acuerdo en esto: el objeto del deseo no es jamás el objeto alucinado, así se trate de la pantalla del sueño o de la alucinación psicótica.

En el sueño el deseo se realiza pero solo lo hace disfrazándose. A saber, que entre el deseo y el sueño como realización, median los disfraces. En el sueño todo queda desfigurado: los disfraces son funciones de la censura que el deseo debió atravesar. Por lo mismo, hay compuertas, pasajes, disfraces, mediación; es decir, la relación del deseo a su objeto en el sueño no es directa.

En el deseo hay algo que falta, pero es una falta excesiva. También podría decirse que el deseo es la insatisfacción como resto después del colmamiento de la necesidad. El deseo vive de su insatisfacción, resguarda esta extraña función: la función de la insatisfacción. Esta relación profunda del deseo con la insatisfacción liga el deseo a la labilidad del objeto de la pulsión.

En el sueño el deseo se articula. A saber, que encuentra sus eslabones, se constituye en secuencia de representaciones. En el sueño el deseo se elabora. El sueño es la jornada del deseo, el lugar de su producción y de su articulación. En el sueño el deseo no obtiene a su objeto directamente, sino bien indirectamente: por procuración, de sesgo, por medio de desvíos. Procuración: quiere decir algo sencillo. Hay ahí una cesta y yo quiero alcanzarla. O bien, me pongo de pie y voy a buscarla. O bien le digo a mi madre, que está más cerca de ella, que me la alcance. Este es el caso del deseo: que me procuro la cesta por medio de la ayuda de mi madre. Yo, mi madre, y entonces, recién la cesta. He ahí una articulación, una cadena de tres eslabones.

Tratándose del deseo hay siempre una red de deseos. La sociedad, enseñaba Hegel, es un conjunto de deseos deseándose mutuamente como deseos. El objeto del deseo siempre tiene que ver con el objeto del deseo del otro.

El análisis del sueño desanda el mismo camino que el “trabajo del sueño” había recorrido, pero no podríamos enterarnos de ese recorrido sin este nuevo trabajo de caminar el camino hacia atrás, hacia el deseo infantil…

El problema fundamental de la histérica es que no puede determinar el objeto de su deseo. Pero en psicoanálisis no se trata de hacer que el paciente “asuma” nada.

Si el hombre significa algo para la histérica es porque este se sitúa en el circuito del interés de la otra mujer. Pero la condición de ese circuito, es que la otra mujer sea deseada por el hombre. El acceso al objeto del deseo es otorgado por un tercero. El objeto es el objeto del deseo del tercero. El tercero deseante es quien da acceso al objeto (Dora desea a K únicamente en la medida que K es el objeto del deseo de la señora de K). Tal oblicuidad del deseo cumple una función: ayuda a la estabilización del sujeto de la pulsión. De la labilidad del objeto de la pulsión hemos pasado a esa insatisfacción fundamental que define todo deseo humano. Pero esa insatisfacción es fundamental, hace de resguardo de la función de la falta. Lo que está en juego en este ejemplo difícil es la relación de la tendencia sexual al Saber. La histérica poco sabe del objeto de su tendencia ¿Qué es ser una mujer? La otra lo debe Saber. 

Continuar con la lección 5:

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