El momento de la muerte

Recordemos que todos los hábitos y tendencias almacenados en el terreno de nuestra mente ordinaria permanecen latentes, susceptibles de ser activados por cualquier influencia. Sabemos bien que sólo hace falta la menor provocación para que nuestras reacciones instintivas habituales salgan a la superficie. Y esto es especialmente cierto en el momento de la muerte.

El Dalai Lama explica:

"En el momento de la muerte, las actitudes tenidas durante mucho tiempo suelen imponerse y dirigir el renacimiento. Por ese mismo motivo, se genera un fuerte apego al yo, pues se teme que éste se está volviendo inexistente. Ese apego actúa como laxo de unión de los estados intermedios entre una vida y la siguiente, y la afición a un cuerpo actúa a su vez como la causa que determina el cuerpo del ser intermedio (el bardo)."

Por consiguiente, nuestro estado mental en el momento de la muerte tiene una enorme importancia. Si morimos con una actitud mental positiva, podemos mejorar nuestra próxima encarnación, a pesar del karma negativo. Si, por el contrario, estamos alterados y angustiados, eso puede tener un efecto perjudicial aunque hayamos utilizado bien la vida. Esto quiere decir que el último pensamiento y emoción que tenemos justo antes de morir ejerce un poderosísimo efecto determinante sobre nuestro futuro inmediato. Tal como la mente de un loco suele estar completamente ocupada por una obsesión, que regresa una y otra vez, en el momento de la muerte nuestra mente está completamente expuesta y es vulnerable a cualquier pensamiento que entonces nos ocupe. Ese último pensamiento o emoción de la vida puede amplificarse desproporcionadamente e inundar toda nuestra conciencia. Por eso los maestros insisten en que la calidad de la atmósfera que nos rodea en el momento de la muerte es fundamental. Con nuestros amigos y familiares hemos de hacer todo lo que podamos para inspirar emociones positivas y sentimientos sagrados, como amor, compasión y devoción, y todo lo que podamos para ayudarles a «liberarse de todo aferramiento, anhelo y apego».

LIBERACIÓN DEL APEGO

La forma ideal de morir es haberse desprendido de todo, interna y externamente, de modo que a la mente le quede el mínimo posible de anhelo, aferramiento y apego a que agarrarse en ese momento esencial. Así pues, antes de morir hemos de intentar liberarnos del apego a todas nuestras posesiones, amigos y seres queridos. No podemos llevarnos nada con nosotros, de manera que hemos de hacer planes para desprendernos de todas nuestras posesiones antes de que llegue el momento, en forma de regalos o donaciones benéficas.

En Tíbet, antes de abandonar el cuerpo, los maestros solían indicar lo que querían ofrecer a otros maestros. A veces, un maestro que pensaba reencarnarse en el futuro dejaba una serie de objetos determinados para su reencarnación, indicando claramente lo que deseaba dejar. Estoy convencido de que también nosotros debemos manifestar con exactitud quién ha de recibir nuestras posesiones o nuestro dinero. Estos deseos deben expresarse
con la mayor lucidez. De no ser así, después de su muerte, si se halla en el bardo del devenir, la persona verá a sus parientes peleándose por sus posesiones o malgastando su dinero, y eso la perturbará. Conviene indicar con precisión cuánto dinero exactamente debe dedicarse a obras benéficas o a distintos fines espirituales, o entregarse a cada uno de los familiares. Dejarlo todo bien claro, hasta en los menores detalles, nos tranquilizará y nos ayudará a liberarnos realmente. 

Como ya he dicho, es esencial que la atmósfera que nos rodea en el momento de la muerte sea lo más pacífica posible. Los maestros tibetanos, por lo tanto, aconsejan que los parientes y amigos afligidos no estén presentes junto al lecho del moribundo, para evitar que provoquen emociones perturbadoras en el momento de la muerte. Los empleados de los hospicios me han contado que a veces los moribundos solicitan que sus familiares más íntimos no vayan a visitarlos en el momento mismo de la muerte, porque temen que éstos les provoquen sentimientos dolorosos y un intenso apego. Con frecuencia a los familiares les resulta muy difícil comprender esto, y pueden llegar a creer que el moribundo ya no los quiere. Sin embargo, deberían tener en cuenta que la mera presencia de personas amadas puede provocar un intenso sentimiento de apego en el moribundo, con lo que le resulta más difícil que nunca liberarse. Es terriblemente difícil no llorar cuando estamos junto al lecho de muerte de un ser querido. Mi consejo a toda persona es que haga todo lo posible por resolver el afecto y la aflicción con la persona moribunda antes que llegue la muerte: lloren juntos, expresen su cariño y despídanse, pero intenten terminar ese proceso antes que llegue el instante real de la muerte. A ser posible, es mejor que amigos y parientes no manifiesten un excesivo pesar en el instante mismo de la muerte, porque en esos momentos la conciencia del moribundo es excepcionalmente vulnerable. El Libro úbetano de los muertos dice que la persona que se muere siente los sollozos y las lágrimas derramadas
junto a su cabecera como si fueran truenos y granizo. Pero no se preocupe si se ha echado a llorar junto a un lecho de muerte; no se puede evitar y no hay razón para preocuparse ni sentirse culpable por ello.

 

Fuente: Sogyal Rimpoché; El libro tibetano de la vida y de la muerte. Buenos Aires, 2013, Ediciones Urano.

COMENTA
RELACIONADOS
ÚLTIMAS ENTRADAS
Raul Augusto Borgialli
@loqmsalvolavida
Educación Emocional

Educación Emocional: técnicas para regular las emociones desadaptativas

Neurociencias