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La aceptación de uno mismo

Aceptarse a uno mismo consiste en aceptar la polaridad en la que todos nos movemos, solo así conseguiremos una aceptación incondicional.

Cuando creemos que sabemos quién somos se presenta en nuestra vida una situación que no sabemos afrontar, u otra que nos hace reaccionar de forma imprevista, desmesurada, automática. Y en ese momento no nos reconocemos, no sabemos realmente qué parte de nosotros es, de dónde nos viene esa ira, ese miedo, esa violencia, ese dolor intenso en las entrañas… O sí lo sabemos, quizás de forma íntima, soterrada, intuitiva, porque todos tenemos la sabiduría consciente e inconsciente de nuestro propio universo.

Y creíamos que nos conocíamos, y que nos aceptábamos tal cual somos.

Pero no hay aceptación completa si no somos capaces de entender que somos la persona alegre que queremos ser, pero también la triste que a veces escapa. Somos la persona dócil que intenta agradar y la hostil que daña. La valiente que lucha diariamente por los suyos y la cobarde que no quiere enfrentar sus miedos.

Somos, en cada uno de nuestros aspectos, polaridad entre dos extremos. Y si no aceptamos el miedo, no desarrollaremos la valentía. Si no aceptamos la tristeza, no viviremos libremente la alegría. Si no aceptamos y reprimimos y negamos una parte de nosotros, no podremos disfrutar plenamente de su opuesto. No sabremos qué es la luz si no hemos conocido la oscuridad.

El equilibrio es el resultado de esta aceptación completa de uno mismo, de las emociones, tanto de las negativas como de las positivas, de las intuiciones, de la sabiduría interior.

Vivir en armonía es aceptar incondicionalmente la polaridad, aprender a gestionarla, y desde ella cuidar del equilibrio entre nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro espíritu.  

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Antonio José Ariza Alcaide
@Antoluci5
Soy natural de La Carlota, un pueblo cercano a Córdoba. Me mudé a la capital con cinco años y sigo residiendo en esta preciosa ciudad. Mi formación comenzó estudiando Magisterio por ciencias humanas. Al mismo tiempo comencé a trabajar en la autoescuela de la familia, había que ayudar, haciéndome Profesor de Formación Vial. Cuando acabé Magisterio comencé a estudiar Psicología. Me interesaba la Psicología Clínica que por entonces era una de las ramas que podíamos elegir en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Me licencié mientras seguía ejercitando la profesión de profesor de autoescuela. Durante los más de veinte años que estuve trabajando como profesor alterné siempre mi formación de psicología para ayudar con los problemas de amaxofobia (miedo a conducir) y preparando la asignatura de psicología de la conducción a futuros profesores de formación vial que se preparaban para sacar su certificado. Después de tanto tiempo en el sector y aprovechando el bajón que el gremio comenzó a tener por motivo de la crisis económica, retomé mis estudios de psicología realizando un Máster de Psicología Clínica Aplicada y sobre todo consiguiendo la certificación como Terapeuta EMDR (niveles I y II) de la que actualmente soy Clínico. Desde entonces, hace ya casi cinco años, ejerzo la profesión de Psicólogo con la pasión de quién empieza y la experiencia de quien ha tratado personalmente a muchas personas, tanto en el ámbito de la formación de conductores, como tratando distintos problemas como el miedo a conducir (amaxofobia) y distintos problemas emocionales y clínicos que he conocido en los ya más de veinte años de relaciones de tú a tú con mis alumnos y clientes.