Volver la mirada hacia el interior

Supongamos que hacemos un cambio radical. 

Se nos ha enseñado a consagrar nuestras vidas a perseguir nuestros pensamientos y nuestras proyecciones. Aun cuando se habla de la "mente", sólo se hace referencia a los pensamientos y a las emociones, y cuando los investigadores estudian lo que imaginan que es la mente, no hacen más que examinar sus proyecciones. En realidad, nadie contempla la mente en si, el terreno del que surgen todas estas manifestaciones. Tal como dijo Padmasambhava:

"Aunque aquello que acostumbramos a llamar "mente" es universalmente valorado y objeto de numerosas discusiones, permanece incomprendido o es comprendido de forma errónea o parcial. Puesto que no es comprendido correctamente tal como es en sí, se originan una cantidad inconcebible de afirmaciones e ideas filosóficas. Además, puesto que los individuos corrientes no lo comprenden, no reconocen su propia naturaleza, y así continúan vagando por los seis estados de existencia en el interior de los tres mundos y conocen el sufrimiento por ello. En consecuencia, no comprender la propia mente es un error muy grave."

¿Cómo podemos darle la vuelta a esta situación? Es muy sencillo. Nuestra mente puede orientarse de dos maneras: mirando hacia fuera y mirando hacia dentro.

Dirijamos ahora nuestra mirada hacia el interior. 

La diferencia que puede implicar este ligero cambio de orientación es tremenda, e incluso podría corregir el curso de los desastres que amenazan al mundo. Cuando un número mucho mayor de personas conozca la naturaleza de su mente, también tomarán conciencia de la gloriosa belleza del mundo en el que viven y se esforzarán valerosamente y sin demoras en protegerlo. Todas las enseñanzas y la formación del budismo tienen por objetivo este único punto: volver la mirada hacia la naturaleza de la mente y de este modo liberarnos del miedo a la muerte y ayudarnos a conocer la verdad de la vida.

Volver la mirada hacia el interior exige por nuestra parte gran sutileza y un gran valor; implica, nada más y nada menos, que un cambio completo en nuestra actitud con respecto a la vida y a la mente. Estamos tan habituados a llevar nuestra mirada hacia el exterior que prácticamente hemos perdido el acceso a nuestro ser interior. Si nos asusta mirar hacia el interior es porque nuestra cultura no nos proporciona ninguna noción de lo que vamos a encontrar. Incluso podemos llegar a pensar que si damos este paso nos expondremos a la locura. Ésta es una de las últimas y más logradas estratagemas del ego para impedir que descubramos nuestra verdadera naturaleza.

Al convertir nuestra vida en algo tan ajetreado, eliminamos hasta el menor riesgo de mirar en nuestro interior. Incluso la idea de meditar puede asustar a algunos. Las expresiones "ausencia de ego" o "vacuidad" equivalen para ellos a ser arrojado por la escotilla de una nave espacial para flotar eternamente en un vació oscuro y helado. Nada podría estar más lejos de la verdad. Pero en un mundo dedicado a la distracción, el silencio y la quietud nos aterrorizan, y nos protegemos de ellos mediante el ruido y las ocupaciones frenéticas. Examinar la naturaleza de nuestra mente es lo último que nos atreveríamos a hacer.

A veces pienso que evitamos hacernos preguntas verdaderas acerca de quiénes somos realmente por miedo a descubrir que existe otra realidad distinta a ésta. ¿Qué lugar ocuparía lo que hemos vivido hasta ahora a la luz de este descubrimiento? ¿Cómo reaccionarían nuestros amigos y colegas a lo que sabemos ahora? ¿Qué haríamos con este nuevo conocimiento? El conocimiento comporta responsabilidad. A veces, aunque la puerta de la celda se abra de par en par, el preso opta por no escapar.

 

Fuente: Sogyal Rimpoché; El libro tibetano de la vida y de la muerte. Buenos Aires, 2013, Ediciones Urano.

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