La clinica de Las Psicosis: IV parte

La maniobra de la transferencia que el analista ha de evitar es intervenir en nombre del padre, en nombre de la ley del padre, interpretar basado en el esquema del Edipo, porque el psicótico lo rechazo a lo real, no hay ya padre que no sea impostor.

La cuestión preliminar de Jacques Lacan 

Párrafos seleccionados del libro de Lombardi, G.; La Tessa, M.; Skiadaressis, R.: “La clínica del psicoanálisis. Las psicosis. Volumen 3” Atuel, Bs. As. 2009.

La apelación al nombre del padre no se produce en cualquier momento, sino solo cuando el sujeto se ve comprometido por su deseo en un acto, tal como el acto de asumir la paternidad, o el acto de hacerse cargo de una función codiciada donde el sujeto se ve confrontado con lo imposible. Las esquizofrenias ni siquiera requieren de un acto de esa magnitud para desencadenarse, basta con que el sujeto comprometa su deseo en un simple acto sexual con un partenaire amado. La confrontación con lo imposible es condición estructural del acto, aun del acto sexual. Schreber no puedo cometer el acto de asumir y sostener su función de presidente porque a la invocación al padre como referencia para confrontarse con lo imposible respondió en su caso un vacio: el padre no le había transmitido nada de lo imposible (es decir, la operación simbólica de la castración), era solo un ideal que ahora, a la hora del acto, no pudo sino ser rechazado a lo real. El padre de Schreber fue un impostor que no hizo más que hacer pasar el ideal por algo real, no pudiendo más que confundir al sujeto.

La maniobra de la transferencia que el analista ha de evitar es intervenir en nombre del padre, en nombre de la ley del padre, interpretar basado en el esquema del Edipo, porque el psicótico lo rechazo a lo real, no hay ya padre que no sea impostor.

Tampoco es recomendable una elocuencia sobresaliente de parte del analista, eso es precisamente lo contrario de la sumisión completa a las posiciones propiamente subjetivas del enfermo.

Las referencias que si hay en la psicosis:

Se diseña en el seno del delirio una trama que no sustituye, sino que suple la referencia paterna ausente, mediante el ideal. Una suplencia no es metáfora, porque el significante que falta no está reprimido, sino que literalmente no está.

Así, el psicótico que no puede ser exigido desde el sentido común, que no puede ser confrontado con la castración de la que el padre seria el agente –porque para él no lo ha sido-, puede sin embargo afrontar su deseo en la medida en que se sostiene del intervalo entre su Ideal y su destinatario.

El analista no es el sujeto supuesto saber. El analista no se confunde con el sujeto supuesto saber, ni siquiera en el análisis del neurótico. Por eso Lacan destaca que el sujeto supuesto saber es una instancia que viene a ubicarse en posición tercera entre el analista y el analizante, haciendo de enlace de amor entre ambos, como el Espíritu Santo entre el Padre y el Hijo en la mitología cristiana. Si en la psicosis el sujeto supuesto saber tiende a real-izarse en el partenaire, es en la medida en que fracasa la función de intervalo, es decir en la medida en que falta ese inter, ese entre analizante y analista que permitiría alojar al sujeto supuesto saber en posición tercera. Por eso la función del amor, del amor al saber que constituye una mitad de la transferencia, no es el fuerte del psicótico en análisis.

En las psicosis no hay latencia, no hay goce reprimido. Interpretar equivale a inyectar un goce que no tiene para el sujeto ningún correlato de verdad, y que, por la impostura y el desconocimiento que implica, tiende a reproducir la situación del desencadenamiento. El interprete puede alcanzar así una homología estructural con ese Un-padre que precipito la psicosis.

En la psicosis, el analista debe incorporar el objeto a, el objeto que es efecto del decir de su paciente. Con su presencia eficaz produce la extracción del objeto a.

Por otra parte, por su estructura, el acto analítico es para el psicótico una garantía contra el acto y sus riesgos, ya que lo confina al hacer analítico de la asociación que no es acto, sino trabajo, tarea. Esto es así por la distribución subjetiva que produce el acto analítico, distribución por la cual corresponde al analista en posición de a, la tarea analizante en posición de sujeto.

Por eso lo verdaderamente difícil no es concebir el comienzo del análisis de un psicótico, sino su conclusión, donde el quedaría solo, con la responsabilidad del acto de su lado –y no ya del lado del analista-. En efecto, el acto del analista pone en suspenso la dimensión del acto del analizante, y por eso mientras dura el análisis toda acción que tiene el aspecto de un acto, de una decisión del analizante, es sospechoso de poder subsumirse en la tarea, en el hacer propio del analizante. La vida psicoanalizante es una vida donde la responsabilidad última parece no recaer sobre el sujeto, sino sobre su analista –al que la opinión responsabiliza con justa razón: cuando algo anda muy mal en la vida de un analizante, la gente piensa en su analista como responsable-.

No existe el acto que sea efecto de otro acto. Cada vez que se comete un acto se produce un retorno a un tiempo cero, es un nuevo comienzo que no es efecto inmediato de un acto anterior. Por eso Lacan afirmo que aun el acto analítico concluido deja al sujeto en la puerta del acto, pero no lo comete por él.

Colette Soler habla de una “vacilación de la implicación forzosa del analista” refiriéndose a un caso en el que ella intervino al menos de tres maneras diversas, de las que aquí destaco dos: como testigo –silencio, abstención de interpretar-, y como orientación del goce –sugestión negativa o prohibición, y positiva de apuntalamiento del ideal-. El ideal apuntalado por la analista cumple una función de límite al goce del Otro.

Se ve entonces que lo que Soler llama la vacilación de la implicación forzosa del analista lleva a éste a hacerse fuerte en las dos líneas desde donde se sostiene la realidad del psicótico, es decir, lo que hace de suplencia del intervalo que no hay. Ahora bien, si el analista puede oscilar entre esas dos posiciones opuestas, de testigo silente y de demanda que sostiene el ideal, es porque no coincide enteramente con ninguna de ellas.

El lugar del analista es el que sostiene el intervalo entre una y otra. Es la causa a del deseo lo que el analista logra así ahuecar, extraer, en lugar del objeto a del goce. Por precaria que sea su estabilidad, la causa del deseo del psicótico puede ser encarnada por el analista. Hace posible un alojamiento precario y alternante de la división del sujeto –que por un lado se aliena en el Ideal, y por el otro goza como un cerdo-.

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