Terapia Dialéctico Conductual

La Terapia Dialéctico Conductual (“DBT”, por las siglas en inglés) se propuso inicialmente como un abordaje dirigido exclusivamente a pacientes multiproblemáticos, con conductas suicidas, problemas interpersonales serios y autolesiones, lo que dentro del sistema de diagnóstico DSM se denomina “Trastorno Límite de la Personalidad” (TLP).

En aguas turbulentas

El TLP es un trastorno de la personalidad que se caracteriza por “un patrón general de inestabilidad en las relaciones interpersonales, en la autoimagen y en la afectividad y una notable impulsividad que comienzan al principio de la edad adulta y se da en diversos contextos” (DSM-IV, 1994). Los criterios para diagnosticar TLP incluyen síntomas afectivos, conductuales, interpersonales y cognitivos, que incluyen (sin necesariamente limitarse a ellos):

1. Inestabilidad afectiva debida a una notable reactividad del estado de ánimo (p. ej., episodios de intensa disforia, irritabilidad o ansiedad, que suelen durar unas horas y rara vez unos días).
2. Ira inapropiada e intensa o dificultades para controlarla (p. ej., muestras frecuentes de mal genio, enfado constante, peleas físicas recurrentes).
3. Sentimientos crónicos de vacío o inutilidad.
4. Comportamientos, intentos o amenazas suicidas recurrentes o comportamiento de automutilación.
5. Un patrón de relaciones interpersonales inestables e intensas caracterizado por extremos de idealización y devaluación.
6. Impulsividad
7. Esfuerzos frenéticos para evitar un abandono real o imaginado.
8. Alteración de la identidad: autoimagen o sentido de sí mismo acusada y persistentemente inestable.
9. Ideación paranoide transitoria relacionada con el estrés o síntomas disociativos graves.

Como se podrán imaginar por el rango de síntomas, todo esto constituye un desafío para el terapeuta. A menudo los terapeutas trabajando con pacientes TLP se sienten sobrepasados y estresados por lidiar regularmente con crisis crónicas, intentos de suicidio, y enojo dirigido al terapeuta. Incluso tratándose de terapeutas experimentados, puede resultar difícil lidiar con su propia respuesta emocional cuando un paciente está recurrentemente suicida y rechaza la ayuda que ofrece el terapeuta a la vez que demanda ayuda que el terapeuta no puede brindar. Todo esto aumenta la probabilidad de cometer errores terapéuticos de todo tipo y brindar terapias poco útiles. DBT surgió como una aplicación de la terapia conductual para responder a ese desafío.

El tratamiento fue desarrollado por Marsha Linehan durante la década del 80 (el primer libro de DBT se publicó en 1993), e intenta balancear elementos de cambio con elementos de aceptación dentro de un marco de trabajo que provee estructura y contención no sólo al paciente, sino también al terapeuta.

Como nota de color: Linehan misma ha sido diagnosticada y tratada por trastorno límite de la personalidad, de manera que conoce el terreno de primera mano. 

Es interesante dar un vistazo a la historia del desarrollo de DBT. Inicialmente Linehan hipotetizó que el núcleo del problema en los pacientes crónicamente suicidas consistía en un déficit de habilidades y por lo tanto pergeñó un tratamiento dirigido a ayudar a los pacientes a cambiar las conductas problemáticas por medio de la utilización de herramientas tradicionales de psicoterapia conductual tales como manejo de contingencia, entrenamiento en habilidades y exposición.  Es decir, inicialmente su abordaje tuvo como eje el cambio de conductas. Pero rápidamente (Robins et al, 2004), se hizo evidente que el mero énfasis en el cambio podía resultar desastroso en estos casos:

“Las iniciativas dirigidas al cambio rápidamente llevaron a una activación emocional incrementada y en ocasiones abrumadora, resultando en ‘cierres’ emocionales, o más raramente, irse dando un portazo de la sesión o atacar al terapeuta” 

Es un principio conocido por los terapeutas: incentivar a una persona a cambiar cuando está en medio de un torbellino emocional es una mala idea. Sin embargo, tomar la posición opuesta, la de abandonar los esfuerzos por el cambio, enfocándose exclusivamente en aceptación resultaba igualmente contraproducente en esos casos, dado que no sólo dañaba la relación terapéutica sino que entretanto las conductas problemáticas seguían causando estragos en la vida del paciente.

La propuesta de DBT entonces resultó la de un balance, una dialéctica (de ahí el nombre del modelo), entre ambas posiciones. El terapeuta debía de alguna manera “sostener el cambio y la aceptación simultáneamente en la terapia, una síntesis que al ser hallada podría engendrar un nuevo cambio y aceptación por parte del paciente” (Robins et al, 2004). El tratamiento DBT, entonces, se basa en un vaivén continuo entre el cambio y la aceptación, con la meta última de crear “una vida que valga la pena ser vivida”. En este contexto es que DBT proporciona una guía y una dirección a seguir.

Veamos a continuación cuál es la teoría del sufrimiento que maneja DBT. 

 

La teoría biosocial

DBT tiene una conceptualización propia del sufrimiento del paciente TLP. Según Linehan, el principal problema en las personas diagnosticadas con TLP es un desorden extendido del sistema de regulación emocional. Esta idea guía todas las intervenciones y es usada como eje del tratamiento.

Desde esta perspectiva todas las conductas problemáticas de las personas con diagnóstico TLP son intentos de regulación emocional (por ejemplo, los autocortes y lesiones son una forma de disminuir la angustia o malestar), o bien consecuencias de la falla en la regulación emocional (vg., los síntomas disociativos)

Esta desregulación emocional se desarrolla y es mantenida tanto por factores biológicos como ambientales. Del lado biológico, se considera que las personas con TLP encuentran más dificultades regulando sus emociones debido a ciertas particularidades biológicas. Esto hace que las emociones sean experimentadas de manera más intenta, más frecuente y más duradera.

Sin embargo, esto no basta. El problema surge cuando una persona con alta vulnerabilidad emocional se encuentra crónicamente atrapada en un ambiente invalidante. Se denomina así todo ambiente que comunica que la respuesta emocional a un evento es incorrecta, inapropiada, patológica o poco seria. Al no entender las dificultades que afrontan las personas con vulnerabilidad emocional, las personas en su ambiente minimizan y simplifican los problemas, a la vez que no enseñan habilidades de afrontamiento más adecuadas: “eso que sentís no es nada”, “te hacés problema por pavadas”, “no, vos no sentís angustia”, son figuras repetidas en ambientes invalidantes. Cuando esto se repite de manera consistente alrededor de una persona con alta vulnerabilidad emocional, esto enseña a responder oscilando entre inhibición emocional y expresión emocional muy alta.

En cierto modo, podríamos comparar la alta vulnerabilidad emocional con tener una piel muy clara, y el ambiente invalidante con un día de sol rabioso. Ninguna de las dos cosas de manera aislada genera de por sí una quemadura, sino que es su combinación durante un tiempo prolongado lo que genera problemas.

DBT como tratamiento

DBT podría llamarse propiamente un “programa” de tratamiento, ya que consta de múltiples herramientas, modalidades y recursos que se emplean a lo largo de la terapia.

Los modos de terapia

Cuando un paciente ingresa a un programa de DBT, participa de varias modalidades y recursos de tratamiento:

Psicoterapia individual: con principios derivados del análisis de conducta, el paciente y el terapeuta trabajan sobre las conductas problemáticas, el contexto que las ocasiona, y las mejores formas de solucionarlas. Una herramienta clave (pero no la única, en absoluto), de esta modalidad es el conocido “análisis en cadena”, que es otro nombre para lo que habitualmente se llama análisis de la conducta. En terapia individual el terapeuta DBT trabaja con una jerarquía de problemas que ayuda a organizar el tratamiento (por ejemplo, si entre sesiones sucedió una conducta que representa un riesgo para la vida, se trabajará eso en lugar de, digamos, una disputa con un compañero de trabajo).

Entrenamiento en habilidades: paralelamente a la terapia individual, los pacientes participan de un entrenamiento en habilidades psicosociales. Este entrenamiento suele realizarse en grupos y se parece un poco a una clase experiencial: en cada encuentro se propone un tema (hay un manual que reciben los pacientes), se llevan a cabo ejercicios, se discute y se asignan tareas a realizar entre semanas. Los contenidos del entrenamiento han ido modificándose, pero tradicionalmente comprenden cuatro grupos de contenidos: habilidades de conciencia plena o mindfulness; habilidades interpersonales; habilidades de regulación emocional; y habilidades de tolerancia al malestar.

A partir de estas dos modalidades se genera una dinámica de trabajo interesante: en la terapia individual se trabaja sobre el mejor modo de aplicar las habilidades que se aprendieron en el entrenamiento en habilidades. De esta manera, el grupo de habilidades enseña recursos pero no lidia con crisis, y el terapeuta individual no tiene que transmitir recursos, sino trabajar con el paciente para aplicarlos.

Además de estas modalidades, el programa DBT tradicionalmente incluye otras dos:

Asistencia telefónica: esto es interesante. Si bien las llamadas telefónicas suelen suceder en la terapia, DBT es (al menos hasta donde sé), el único modelo de terapia que tiene una estrategia explícita para el manejo de llamadas telefónicas. El uso del teléfono tiene algunos fines en DBT: ayudar a los pacientes a pedir ayuda de manera eficaz; generalizar el uso de las habilidades en la vida cotidiana (especialmente aplicar habilidades durante crisis), y mantener —o reparar— la relación terapéutica

Reuniones de supervisión para terapeutas: los terapeutas, aunque no parezca, también son seres humanos. En todos los modelos de terapia hay supervisiones (discutir un caso con un colega más experimentado), o las denominadas “intervisiones” (discutir un caso con colegas igualmente experimentados, que pueden ofrecer otra perspectiva), pero en DBT, las reuniones de supervisión tienen lineamientos específicos sobre cómo llevarse a cabo y cuál es la mejor manera de ayudar al terapeuta que está supervisando.

Si bien DBT puede incluir otras modalidades, estas cuatro son las principales y más características de DBT. Lo interesante de estas cuatro modalidades es que permiten no sólo ayudar eficazmente a los pacientes, sino también algo muy importante y en lo que rara vez se hace énfasis en los modelos de terapia: cuidar al terapeuta. Pueden ser terapias demandantes y difíciles, y un terapeuta sin sostén en esas situaciones se expone eventualmente a un burn-out.

Supuestos DBT

DBT sostiene una serie de principios, axiomas, que sostienen en todo momento el modelo. En todo momento se asume que:

1. Los pacientes están haciendo lo mejor que pueden
2. Los pacientes quieren mejorar
3. Los pacientes necesitan mejorar, probar, intentar más y estar más motivados al cambio
4. Los pacientes podrían no ser la causa de todos sus problemas pero los tienen que resolverlos ellos mismos de todos modos.
5. La vida con Trastorno Límite es insoportable en la forma que es vivida.
6. Los pacientes deben aprender nuevas conductas en todos los contextos relevantes.
7. Los pacientes no fracasan, la terapia sí.
8. Los terapeutas necesitan sostén, asistencia y colaboración.

El principio 7 ha sido siempre uno de mis favoritos, y creo que es algo que los terapeutas deberían tatuarse en el cráneo; es común echarle la culpa de una u otra manera a los pacientes por no mejorar (“no tiene motivación”, “está cómoda así”, y estupideces por el estilo). DBT en cambio asume por principio que no son los pacientes los que fracasan, sino el terapeuta o la terapia.

Todo lo demás

DBT es un modelo extraordinariamente complejo, con un sinnúmero de estrategias y recursos, cuya mera enumeración excedería el largo de este artículo. Hay estrategias para lidiar con emociones, para cuidar la relación terapéutica, para iniciar sesiones, para terminarlas, para lidiar con crisis, con intentos de suicidio, para relacionarse con la familia o entorno social del paciente, y un larguísimo etcétera.

En resumen

DBT es un excelente abordaje, comprehensivo y en extremo compasivo para con los pacientes. En cierto modo, es un tiro de escopeta: cubre prácticamente todos los aspectos imaginables de la terapia, todas las estrategias terapéuticas imaginables (desde recursos de exposición hasta activación conductual, pasando por aceptación y reestructuración cognitiva). Creo que esto, como todo, tiene algunas ventajas y desventajas para los terapeutas.

Entre las desventajas, creo que el principal problema es que la complejidad y volumen de DBT la vuelven una herramienta muy específica, que resulta un tanto costosa para aplicar en otros ámbitos menos complejos. Si bien hay aplicaciones y adaptaciones de DBT para ansiedad por ejemplo, un terapeuta que aprenda DBT para trabajar sólo con ansiedad es como un médico aprendiendo neurocirugía para sacar verrugas de la piel —hay formas más económicas de lograr los mismo resultados. Aplicar DBT requiere no sólo un terapeuta con alta formación, sino además un equipo de trabajo (de hecho, las formaciones de DBT suelen darse sólo a equipos de terapeutas).

Pero eso mismo es uno de los puntos más fuertes de DBT: esa misma estructura y complejidad permite que sea extremadamente útil para los casos más desafiantes de la práctica clínica, las personas que más a menudo tienen dificultades consiguiendo ayuda. DBT es, sin discusión, el mejor modelo de psicoterapia para trastorno límite de la personalidad y condiciones similares, y decenas de investigaciones dan cuenta de esto. 

 

Artículo extraído de Psyciencia. Link directo a la nota: http://www.psyciencia.com/2015/03/30/terapia-dialectica-conductual/

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