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¿Murió Sócrates por envenenamiento de cicuta? (Segunda Parte)

El resumen anterior de la conocida secuencia de sucesos (Primera Parte) hace evidente que se condenó a Sócrates en un periodo de la historia ateniense caracterizada por la intranquilidad política y civil. A una derrota militar aplastante siguió una oligarquía tiránica que reinó por el terror y fue reemplazada por un gobierno que solo tenía pretensiones superficiales de democracia. Al seguir la historia griega desde esa época hasta el presente, los riesgos de la vida política no parecen haber cambiado materialmente. En décadas recientes ha habido juicios similares en Atenas. Dependiendo de la facción en el poder en un momento dado se elige a los individuos que deberán sufrir el exilio, la prisión o la ejecución. Aunque nosotros rindamos homenaje a Atenas como la cuna de la democracia, a pesar de su valorada e intraducible palabra "parresia", cuando se trataba de ponerla en práctica, la ciudad nunca fue ni lo es ahora la cuna del libre discurso y expresión.

Los diálogos de Platón se escribieron muchos años después del hecho. Se acepta universalmente que no incorporan los "ipsissima verba" de Sócrates, pero que sí plasman la sustancia de sus ideas y su manera de llegar a ellas por medio de preguntas y respuestas. Los lectores posteriores están dispuestos a aceptar como real la reconstrucción de Platón cuando los diálogos tratan de ideas filosóficas, pero también hay una tendencia a considerarlas factibles cuando tratan de sucesos concretos, notablemente el juicio y la muerte de Sócrates. Ya hemos visto que Platón no estaba presente en la ejecución. Su relato es de segunda mano, se basa en lo que dijeron hombres cuyo involucramiento emocional era intenso. Una lectura crítica debe tomar los detalles de tales testimonios con reservas, aun cuando se dieron con las mejores intenciones. Otra limitación es que los diálogos están escritos en una forma literaria que equivalía en su momento a una novela filosófica, en la que la tensión de cada diálogo llega hasta un clímax. Sócrates es el héroe y nunca pierde un argumento. Nos viene a la mente una popular serie de televisión en la que un astuto abogado siempre vence por ingenio a los acusadores balbuceantes por medio de su hábil interrogatorio de los testigos. Platón y sus lectores contemporáneos entendían tácitamente las convenciones de la forma literaria de los diálogos. Eran permisibles las omisiones, interpolaciones y embellecimientos del autor. Nadie las tomaba por un reportaje, ni era la intención de Platón describir los sucesos "wie eigentlich gewesen" (como verdaderamente ocurrieron). La escena de la muerte es, quizá, el mejor ejemplo.

Podemos, sin embargo, aceptar como real la negativa de Sócrates de hacer una petición para que se mitigara la sentencia. En ningún momento se vio contrito o con deseos de disculparse. Su primera propuesta de que se le diera libre alojamiento y comida en el palacio de gobierno y su ofrecimiento posterior de pagar una multa de una mina (que sus amigos elevaron a 39 minas) eran insultos a la dignidad de la corte. Semejante comportamiento endureció la actitud de aquellos que podrían haber aceptado una sentencia más leve. Podemos aceptar también como real el que no se ejecutó a Sócrates al día siguiente del veredicto, como era la costumbre. Se le mantuvo en prisión en espera de la ejecución hasta que el barco sagrado regresara de su viaje ritual a Delos, un periodo del calendario en el que muchas funciones civiles se prorrogaban.

Pero la hora inevitable se acercaba, y el Fedón (ver fragmento en Primera Parte) describe el último día de Sócrates sobre la tierra. Es el relato elocuente y conmovedor de su actitud resoluta y sereno acercamiento a la muerte. Gran parte del diálogo se dedica a una discusión sobre lo que significa la muerte, y Sócrates expresa su convicción de que es meramente la separación del alma (psique) del cuerpo. La prosa de Platón, al menos si la leemos en una traducción (y pocos de nosotros podemos hacer otra cosa), es tan seductora que nos lleva fácilmente a suspender nuestra incredulidad sin examinar cuidadosamente su descripción de los momentos finales. Quizá una razón por la que Sócrates es tanto más popular en la era cristiana que cualquier otro filósofo griego es que prefirió enfrentar a la muerte con calma y firmeza antes que negar sus principios, prefigurando por lo tanto la muerte de Cristo, de sus discípulos y de muchas generaciones de mártires cristianos. Pero la analogía no es exacta. Sócrates se sometió a las exigencias de la ley rodeado de sus amigos; cuando Cristo fue arrestado, sus discípulos se escondieron. Sócrates tuvo la oportunidad de apelar a su sentencia; una vez que los mártires cristianos habían caído en manos de las autoridades civiles no tenían más opciones que los judíos marranos que caían en las garras de la Inquisición. Y se nos dice que el martirio cristiano nunca es un accidente. No es la voluntad del hombre sino el designio de Dios. También recordamos que Galileo se retractó, pero su reputación no se ha visto afectada por ello. 

 

 

Hacia el atardecer del día fijado, el carcelero dio a Sócrates la copa de la cicuta (fragmento de "Fedón" transcrito en la Primera Parte de esta noticia). Sócrates le pidió instrucciones acerca de cuál sería la mejor manera de proceder. El carcelero le aconsejó que caminara hasta que sintiera las piernas pesadas, entonces debía recostarse, y el veneno actuaría. Sócrates tomó la copa y preguntó si podía hacer una libación a algún dios. Uno quiere suponer que hizo el comentario para indicar que estaba concentrado en observar el protocolo de la solemne ocasión y que al declarar su deseo de realizar semejante gesto ritual daría credibilidad a su alegato de inocencia ante la acusación de ateísmo. El carcelero le informó que la copa contenía la cantidad suficiente para ser una dosis letal. Sócrates pidió a los dioses que auspiciaran su viaje al otro mundo, y entonces "llevándose la copa a los labios, con bastante buena y alegre disposición, bebió el veneno".

En este punto debemos preguntarnos qué había en ese cáliz. Supuestamente era una infusión de las hojas y posiblemente la raíz de la planta umbelífera "Conium maculatum" que se parece un poco a la zanahoria pero tiene una raíz blanca. Sus hojas se han confundido con el nabo, el perejil o el cilantro. Pero no se las debe confundir con el perejil de perro o cicuta menor, "Aethusa cynapium", ni, por supuesto, con las conocidas perennifolias del género "Tsuga". Se conoce más comúnmente a la "Conium maculatum" como cicuta manchada por las manchas moradas de su tallo, pero existen varios sinónimos regionales. Contiene el alcaloide neurotóxico conina 2-propyl-piperidina, que está más concentrado en la raíz que en las hojas.

Nicandro fue el primero en registrar los síntomas de envenenamiento por cicuta. Como es de esperarse, menciona el adormecimiento de las piernas, pero también registra el movimiento circular de los ojos, sensación de ahogo en la garganta y tráquea, la respiración jadeante de la asfixia, como por ejemplo en "la víctima jala el aire como alguien que se está desmayando", y conciencia perturbada. Otros escritores modernos reportan que la toxina actúa rápidamente y, dependiendo de la dosificación, la muerte puede ocurrir en cuestión de minutos o en menos de tres horas. Clinton Thienes y Thomas Haley dan como dosis tóxica 60 mg y como dosis fatal de 150 a 300 mg (de 2 a 5 gr.). Todas las autoridades están de acuerdo en que la parálisis motriz ascendiente es la característica más notable del envenenamiento por conina y que la muerte se debe a la asfixia cuando se involucran los músculos de la respiración y los centros medulares. Esto coincide con la versión de Sócrates caminando alrededor de su celda hasta que sus piernas comienzan a fallar. Pero cuando se nos dice que el carcelero apretaba su pie con fuerza sin provocar alguna sensación, en vano buscamos informes de que la conina produzca anestesia periférica. Sin embargo, el texto del "Fedón" enfatiza el punto: "y entonces volvió a palparle los muslos y siguió hacia arriba, y nos mostró cómo se iba poniendo frío y rígido (haciéndonos tocarlo)". Esto ciertamente no se parece a la parálisis flácida de la conina al actuar sobre las terminales nerviosas motrices. Sin embargo, no debemos tomar literalmente la siguiente afirmación de que "cuando el veneno llegue al corazón, vendrá el final". Los griegos no sabían acerca del control neural de la respiración, y debemos reinterpretar la sentencia como una descripción del sentimiento de opresión en el pecho que acompaña a la asfixia.

Link a la Tercera Parte:

http://www.saludypsicologia.com/posts/view/626/name:Murio-Socrates-por-envenenamiento-de-cicuta-Tercera-Parte

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Raúl Adorni
Apuntes de un lector incurable (o una placentera forma de TOC). Estudiante Avanzado de Filosofía y Letras. Amante de los animales. Vive y trabaja en Rosario, Argentina.