Emilio Galende: Psicofármacos y Salud Mental

Si como afirman los psiquiatras (apoyados con mucho poder por la industria farmacéutica) los síntomas subjetivos del malestar psíquico son enfermedades como las demás, los valores que se han propuesto desde salud mental perderían su sentido. Si esta ideología triunfa, entonces estos malestares deberían ser atendidos por los médicos psiquiatras o neurólogos, no por equipos de distintas disciplinas, con intervenciones de tipo psicosocial, y con participación de quienes padecen el trastorno, su familia y la comunidad.

El fundamento es el terreno sobre el cual arraigarse y estar. La época que no tiene fundamento pende sobre el abismo

(M. HEIDEGGER, ¿Qué es ser poeta?)

Este trabajo es la introducción de un libro que trata de avanzar hacia la definición de los fundamentos epistemológicos y metodológicos en los cuales se basan los principios y criterios que orientan las prácticas de la salud mental, esto es, de establecer las razones en que se sustentan sus acciones prácticas. Esto constituye sin duda un desafío enorme dada la complejidad y heterogeneidad constitutiva del campo de la salud mental, y hace que las respuestas que el texto propone sean sólo tentativas, naturalmente incompletas, dirigidas solamente a abrir una cuestión que entiendo es esencial para el futuro de este campo. Especialmente de la relación, antagónica y contradictoria, que surge entre las propuestas de una comprensión bio-psico-social de la salud mental y la actual utilización generalizada del psicofármaco, junto a la explicación médica del trastorno psíquico, para su tratamiento. He tratado de establecer un texto lo más claro posible, ya que los temas que trato no conciernen exclusivamente a los especialistas del campo sino también, y quizás especialmente, al público general.

Desde los inicios de las propuestas de salud mental, en la década de los años cincuenta del siglo pasado, todo, o casi todo, ha cambiado: en la vida social, en los procesos de la cultura, y, especialmente en el ingreso de nuevos factores de poder que compiten hoy por la definición de los problemas del trastorno mental y su manera de abordarlo. En principio estos cambios no debieran sorprendernos. La fuerza que cobró en los últimos treinta años la globalización de la economía, cuyo efecto mayor ha sido el ingreso del mercado y el consumo como valores supremos para el desarrollo de las sociedades, y por lo tanto de los nuevos parámetros para el devenir de la vida de los individuos, hacía previsible que ningún sector de la vida social y de la cultura pudiera permanecer indemne a estos nuevos valores. En un texto escrito hace diez años (Galende, 1997), ya señalaba este cambio cultural como determinante para un cambio global de los conceptos y prácticas de la salud mental. Por cierto también para la salud mental a secas, tanto la de los situados como pacientes como la de quienes nos asumimos como profesionales del sufrimiento mental.

Los políticos y los economistas, según creo, ignoran bastante cuánto de sus propuestas de entender el desarrollo humano bajo los únicos criterios del progreso de la economía, producen lo esencial sobre el transcurrir de la vida de los individuos, y especialmente sobre la construcción de los significados y valores con que estos orientan sus conductas prácticas, cuestiones que no se limitan a un comportamiento económico. La integración de los individuos a la sociedad depende simultáneamente del empleo y el ingreso económico, del conjunto de sus relaciones sociales y comunitarias, y de los recursos simbólicos con que cuente y que le permitan interactuar en los intercambios de su cultura. La perspectiva de este libro es también la de indagar sobre esa otra parte del desarrollo y la integración social, sus implicancias en la subjetividad y los nuevos malestares de la existencia que este camino conlleva. 

Tratar de establecer los fundamentos de salud mental supone dos propósitos. En primer lugar avanzar hacia una coherencia del campo de la salud mental, el cual se caracteriza en la actualidad por una sumatoria —no integración— de diferentes disciplinas, diversos modos de comprender los trastornos mentales, heterogeneidad en los modos de tratarlos y, esencialmente por la negación  de las contradicciones que atraviesan al conjunto de sus prácticas. Esta parte del desafío consiste en plantearse si es posible una coherencia epistemológica y metodológica que integre los saberes y las prácticas en juego en salud mental. Creo firmemente que de esto depende el futuro del campo de la salud mental, que no podrá sostenerse por mucho tiempo simplemente haciendo énfasis en los criterios prácticos, en las recetas sanitarias, en los valores de la sola voluntad y el compromiso para dirigir racionalmente los cuidados de la salud mental de los individuos.

En segundo lugar, fundamentar el lugar y la función social de este campo, su situación respecto a los valores vigentes en la cultura y la vida social, es incorporarla al terreno de la batalla simbólica, donde juegan diversos contendientes que se disputan la definición de los problemas de la salud mental, su valoración, los modos en que debe ser tratado el trastorno mental, y quienes son los profesionales habilitados para esto. Este es, siguiendo a Bourdieu (1982), un espacio de «lucha simbólica» por establecer el dominio y la hegemonía de las definiciones, de las interpretaciones y de los valores que están en juego y del reconocimiento social y la legitimación de sus prácticas. Si como afirman los psiquiatras (apoyados con mucho poder por la industria farmacéutica) los síntomas subjetivos del malestar psíquico son enfermedades como las demás, los valores que se han propuesto desde salud mental perderían su sentido. Si esta ideología triunfa, entonces estos malestares deberían ser atendidos por los médicos psiquiatras o neurólogos, no por equipos de distintas disciplinas, con intervenciones de tipo psicosocial, y con participación de quienes padecen el trastorno, su familia y la comunidad.

Desde su implantación en los años cincuenta del siglo pasado, el desarrollo de salud mental se sostiene en una ética que considera al sujeto del sufrimiento mental, su historia, su sensibilidad, su experiencia y su memoria, la dimensión conflictiva de toda existencia humana y propone al sujeto una comprensión conjunta del malestar psíquico, esto es su participación en el proceso de atención. La consideración del trastorno como enfermedad por parte de la psiquiatría positivista prescinde del sujeto, ignora el conflicto que expresa el síntoma, ya que éste sería sólo signo de un trastorno en sus equilibrios cerebrales, y se propone por consiguiente suprimirlo a través del medio artificial del medicamento.

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