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Anorexia-Bulimia: Parte XI

El culto de los huesos es un culto perverso, en donde se exhibe el cuerpo-flaco como no marcado por la diferencia sexual, es el cuerpo elevado a falo imaginario que opera contra la función normativa de la castración. Mirar el cuerpo-flaco significa elevarlo a un más-de-ver que encandila y sofoco el horror de la castración del Otro.

Psicoanálisis y Tratamiento de la Anorexia-Bulimia

Parrafos seleccionados del libro de Recalcati, M., La última cena: Anorexia y Bulimia. Ediciones del Cifrado, Bs. As. 2004.

En la enseñanza del psicoanálisis el síntoma es psicoanalizable, es decir interpretable, solamente si se sitúa en la transferencia, solamente si se produce su histerizacion, o sea su transformación en enigma con valor de verdad para el sujeto, que se dirige –en la transferencia- a un sujeto supuesto saber. A un sujeto (el analista) supuesto poseer la clave de acceso al enigma cifrado del síntoma. El sujeto está en condiciones de poder elaborar sus identificaciones alienantes para desembarazarse de ellas.

Pero cuando la inclinación es holofrasica, no hay síntoma metáfora –subjetivación- de la verdad del deseo inconsciente, sino al contrario, la holofrase se presenta des-subjetivada porque es el efecto de un defecto lógico en la separación entre el sujeto y el Otro.

La holofrase anoréxica se realiza en el terreno de la identificación. En la cual la holofrasizacion del discurso se configura como solidificación monolítica del sujeto a un solo significante Ideal: a la anorexia como auto coincidencia imaginaria del sujeto con el Ideal, que excluye la división suscitada en el sujeto por lo real de la pulsión.

Todo el goce de la anoréxica (el apetito de muerte) se deposita en la idealización narcisistica de la imagen del cuerpo, en la cual el vacio custodiado por el cuerpo se vuelve la imagen nostálgica del todo-lleno de la Cosa. Este es el núcleo melancólico de la identificación idealizante en la anorexia; la suplencia anoréxica al déficit de la función paterna adviene a través del Ideal, se cumple narcisisticamente.

La fragilidad de esta estructuración holofrasizada del Ideal se muestra con toda evidencia en el hundimiento bulímico de la anorexia. Fractura la pantalla narcisista del Ideal y revela la ajenidad interna de la pulsión. Un empuje a gozar propio del Superyó preedipico, sádico, un goce acéfalo, sin sujeto. El significante es rechazado en su función de límite del goce. El objeto-comida es elevado a la dignidad de la Cosa, Es la Cosa, causa indestructible e insustituible del deseo.

El Ideal de cuerpo-flaco deviene anestesia en la anoréxica, pero la bulímica es retorno de lo real del goce reprimido o forcluido. Irrupción de la pulsión que demuele el falso dominio del Ideal.

La holofrase bulímica representa el exceso del Otro que ocluye al sujeto. Solo el vomito como separador. El todo es inconsistente, nunca llena del todo, siempre un resto, hay algo que no se llena, no del todo.

La reducción de la falta-en-ser del sujeto al vacio anatómico del estomago, distrae a la anoréxica-bulímica del riesgo del deseo. La falta se reduce a falta de alimento. El deseo del Otro se sustituye con un objeto de goce que el Otro social permite conseguir fácilmente en el mercado. La falta de la Cosa, perdida desde siempre y estructurada de acuerdo a la castración, queda cancelada. La dificultad en el tratamiento es como presentificar la falta en la transferencia sin hacer precipitar al sujeto en una interrupción de la cura. ¿Cómo introducir el signo de la falta en el orden del sujeto, haciendo espacio en el interior de un goce que se resiste a cualquier operación de limitación?

¿Cómo podemos transformar esa inercia del goce en la dialéctica de la demanda y del deseo? En la clínica psicoanalítica de la neurosis, es el síntoma lo que resquebraja la identificación. Si la identificación es, para el sujeto, un modo de aliviar su división, el síntoma, contrariamente, es lo que la reabre, lo que la exhibe. El síntoma indica en el sujeto un punto de no-dominio, de no-coincidencia, empujando el discurso del sujeto hacia una  histerizacion posible.

La función lógica de la anorexia es ofrecer al sujeto una identificación que lo resguarde de la división.

La tarea preliminar consiste en activar dos maniobras de fondo: del lado de quien demanda sin síntoma (por ejemplo, los padres), operar un trabajo sobre la demanda (que al no estar encarnada en el síntoma es generalmente una falsa demanda, una demanda de normalización), para producir un síntoma que no está representado por la anorexia de la hija. Del lado de quien tiene el síntoma sin demanda, habrá que operar su rectificación para producir una demanda que lo sea verdaderamente, es decir una demanda subjetivada, y que no esté colonizada por la voluntad del Otro.

La anorexia está más del lado de la respuesta que del lado de la demanda dirigida al Otro. Es una respuesta al peligro de devoracion, al canibalismo del Otro. Tal respuesta, en el caso de una estructura psicótica, funciona como resguardo respecto al goce del Otro; en una estructura neurótica, abre el espacio para interrogarse sobre el deseo del Otro. Porque es el negarse a satisfacer la demanda del Otro lo que empuja -al Otro- a abrir una falta en su seno.

El cuerpo anoréxico más que construir una metáfora, tiende a hacer signo. La verdad del goce se opone a cualquier intento de integración en el campo simbólico del saber, esa imposibilidad de absorber todo lo real del goce en el campo del lenguaje, muestra la distinción entre el plano del sentido y el del signo.

Mientras el significante es diferencia, desidentidad, reenvió continuo a otro significante, abierto uno al otro el signo es una identidad fija, autorreferencial, que no reenvía a un significado a alguien sino solamente a sí mismo. Si el significante produce significado, el signo, encarnado en la letra, produce goce. La función del signo es encarnar a la letra una identidad, provoca una lesión real -difusa y no especifica de un órgano- del cuerpo, cortocircuito psicosomático entre real-imaginario. Compromete al sujeto en su ser porque toca el plano de la imagen, es decir el revestimiento narcisistico de lo real del cuerpo como aquello que a este real originariamente discordante ofrece una unidad formal. Se lesiona la imagen del cuerpo, toca en el fondo el ser mismo del sujeto, más que una zona, por eso el sujeto no tiene o tiene anorexia sino que es o no es anoréxico.

El culto de los huesos es un culto perverso, en donde se exhibe el cuerpo-flaco como no marcado por la diferencia sexual, es el cuerpo elevado a falo imaginario que opera contra la función normativa de la castración. Mirar el cuerpo-flaco significa elevarlo a un mas-de-ver que encandila y sofoco el horror de la castración del Otro.

El goce fálico es en efecto el goce del órgano y de la sustancia. Cuando hay una sustancia del goce y una canalización libidinal a través del órgano –filtrada por la acción mediadora del lenguaje- hay goce fálico, es decir un goce plenamente simbólico, estructurado por la significación fálica – por lo tanto, marcado por la castración que implica la primacía del falo y que define en modo particular al goce masculino.

El goce femenino no entra todo en el goce fálico. El goce del místico como el goce femenino es índice de un goce posible mas allá del falo, porque es un goce que se abre a lo insondable, se abre al Otro absoluto, no pasa a través de la sustancia, es un goce contra cualquier sustancia material, es puramente espiritual, extra-fálico, extra-mundano.

Seguir las escrituras al pie de la letra, el signo es la Cosa. La anoréxica utiliza al pie de la letra el propio cuerpo: “soy anoréxica” y usa su cuerpo como evidencia para poder nombrarse. Encarna el signo: “soy anoréxica”.

Se vuelven signo del triunfo del Ideal. La imagen del cuerpo-flaco recubre el sufrimiento del cuerpo. A menudo, uno de los primeros movimientos que es necesario desarrollar en la cura es el de hacer emerger lo real sufriente del cuerpo. Despegar el cuerpo-sufriente del cuerpo-imagen. La anoréxica deniega exaltadamente lo real del cuerpo, entonces el analista debe presentificar aquello que se quiere cancelar. La dirección de la cura en la anorexia-bulimia es la de hacer visible el riesgo mortal del cuerpo. Es la de oponer a la exterioridad estética de la imagen del cuerpo-flaco el interior obsceno y no dominable del cuerpo mortal.

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Lic. Massimo Recalcati
Trabaja en Milán como psicoanalista y es miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, atesorando el Título AME. Fundador de JONAS (Centro de Investigación Psicoanalítica sobre los Nuevos Síntomas). Da clases en la Universidad de Bérgamo y en el Instituto Freudiano de Milán.